La simplicidad, ay, qué bonita es. O sinó que se lo digan al estadounidense señor Borba quien, tras años de duras investigaciones y duros batacazos financieros, ha logrado, según nos dice él mismo, una fórmula cosmético- acuosa que, de ser cierta, será comparable a la de la Coca-Cola o más. Compra ya el pack de doce botellines o de sobres con polvitos y bébete el elixir de la eterna juventud. Sin duda el truco debe residir en compeljos vitamínicos very complejos, y poco más o ni más ni menos. Pero está bien eso que sean bebibles (da tanta pereza untarme el careto de crema, ya no te digo el body). Sin embargo, mucho me temo que el rejuvenecimiento es dérmico y sólo dérmico. Y ahí es donde mi gozo en profundo pozo cae como siempre. Porque el milagro quita-grasa, quita-arruga, quita-mancha, quita-estria... es un cosa; pero el quita-penas del alma o el sacude-cansancios ese no me lo inventan, no. Ya sé que están las diveras soluciones estupefacientes pero vamos a ser un poquito serios y las obviamos que mis tiros van por otro lado, ¿eh?
En fin, no quisiera agüarle la fiesta a don Scott Vincent Borba (de origen espanñol, por cierto) y a sus consumidores futuribles: suerte.
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Últimamente me parece la frase de moda. Tras la última crisis, Fulanita se reinventa a si misma. Tal o cual diseñador reinventa tal o cual década. Los escritores se ven obligados a reinventar la novela del siglo XXI. Alerta los del registro de patentes y marcas porque de la reinvención al plagio, un paso de gorrión.
Estoy dudando entre ponerme a ordenar armarios o reinventarme. Igual una cosa me lleva a la otra. Igual es que se trata de eso: de ordenarse un poco la cabeza. No lo sé. Hay quien parece tenerlo fácil. Leía a Miguel Bosé en el último número de la revista Shangay, pasmándome de su destreza en abrir y cerrar etapas. Ahora quemo Madrid, ahora me encierro a componer, ahora dirijo, ahora diseño, ahora hago una deconstrucción de tortilla española. Ana Belén, el otro día en entrevista con Justo Molinero, lo mismo. Y lo cuentan y todo parece natural como la vida misma. Salí de aquello y se acabó, le di carpetazo a esa época, zanjé, finiquité. Miguel canibaliza, canaliza, camaleoniza... con la elegancia de un ilusionista de café-concert. No se lo pongo en duda. O sí. Soy bosista desde siempre pero no me ciega la pasión, quizá debiera y yo me lo pierdo. Pero es que la menda anda con la lana de sus vivencias desmadejada, incapaz de darle forma decente de ovillo. Todo se me hace uno y una. Una pelota con más de mil hebras y extremos. Tal vez cambio, evoluciono pero no me trasciendo, no aparco, no leches. Que no me reinvento, que no me perdono ni me olvido y así vamos.
Vete tú a saber (vete pero después vuelve) si la gente de a pie no se reinventa: sobrevive al sueldo anoréxico y al transporte público en hora punta. Que no digo que Miguel o Ana no sean gente pero de a pie, lo que se dice, de a pie...
Cansada de oir a las discográficas clamar al cielo por las copias pirats y a las grandes marcas internacionales de objetos de lujo querellarse una y mil veces contra sus imitadores. Me encantaría saber qué opinan de la actividad artístca de la señorita Zoë Sheehan. ¿No la conocen? Permítanme presentársela.
Zoë compraba prendas de ropa en los almacenes Wal-Mart. Las más baratas que podía encontrar. Después llegaba a su casa y reproducía la prenda al detalle pero empleando telas de la mejor calidad posible y cosiendo y bordando con primor cada costura. Devolvía la pieza dando el cambiazo. Así el próximo comprador adquiría por una mísera cantidad una prenda hecha a mano con la mejor materia prima. Una pieza que no se descoserá o perderá su color en los primeros lavados, que le sentará bien, que le durará más tiempo. Y yo me pregunto ¿apreciará el afortunado comprador el cambio? Y lo que es más importante ¿emprenderá acciones legales la marca copiada contra la señorita Sheehan por haber mejorado su producto?
La señorita Sheehan expone en la Real Art Ways de Connecticut las pruebas de su “delito”, es decir, fotos a tamaño real del original barato y de la copia excelente. Es muy importante saber qué opina de esto Vuiton o Channel.
Sí y ¿a mi qué me importa? Este sería el tema de hoy. Porqué la gente hablamos de los personajes televisivos como si fueran alguien de nuestra familia y de nuestra familia no hablamos. Porque son más divertidos, porque son más interesantes, porque son ricos y famosos... Esto último tiene guasa porque son ricos y famosos gracias a nuestro babeo voluntario o involuntario ante sus jetas cuando aparecen en la caja tonta. Pero a lo que iba: ¿les prestamos más atención a ellos que a nuestra propia vida o a la de la gente que nos es más cercana? ¿Por qué? ¿Porque no nos importan? ¿Porque nos importan más de lo que creemos? Permitidme una teoría psicológica barata: yo creo que les prestamos atención porque nos distraen de nosotros mismos, porque mientras les vemos actuar a ellos evitamos el momento de nuestra propia actuación. Es como ver jugar al fútbol comodamente sentados en un sillón y saltar como un conejo, braceando, gritando y jadenado ante la emoción de un gol... ¡cómo si lo hubiéramos marcado nosotros mismos! En ese gol hay un poco de nosotros, la mayoría incapaces de dar, y nunca mejor dicho, pié con bola y mucho menos de correr desde medio campo a la zona de gol sin sacar los higadillos. Estamos ante un fenómeno de usurpación de la personalidad, de dejación de nuestra propia existencia en manos de los otros. Los otros. Exacto,a ver si nos pasa como a la protagonista de la la película del oscarizado Amenabar: vivir con miedo a los muertos sin darse cuenta que el muerto es uno mismo.
Buena de verdad la exposición PLAGIARISMOS de Caja Madrid. Primero en La Casa Encendida de Madrid y ahora en el Espacio Cultural de la Plaza Catalunya en Barcelona. Sabe a poco pero eso no es del todo malo respecto a una exposición porque significa que sugiere, que no agota el tema, que abre temas al visitante,
Plagio en cine, literatura, publicidad, música, diseño industrial y gráfico... plagio en todo y con todo. Salí de la exposición y durante un par de días veía plagio en todo lo que me rodeaba. Leyendo a Bukowski acusé mentalmente de plagio a Gonzalo Suárez como si no fuera obvio o como si alguien pretendiera negarmelo. Me percaté de un spot de televisión que plagiaba los efectos de decorado de la película EL Show de Truman. Vi a mis vecinos plagiando el color de sus paredes de otrso vecinos y a mí plagiándome a mi misma con modelitos de ropa que llevé hace tiempo.
Lo que no es tradición es plagio, ya lo dijo no sé quién y vete a saber de quién lo plagió.
pd: todo esto tiene mucho que ver con el copy y la cultura libre, asuntos que me apasionan, pero sin tiempo para tratarlo va a ser que a la próxima vuelvo sobre el tema



