¿Pero a mi qué me importa?
Sí y ¿a mi qué me importa? Este sería el tema de hoy. Porqué la gente hablamos de los personajes televisivos como si fueran alguien de nuestra familia y de nuestra familia no hablamos. Porque son más divertidos, porque son más interesantes, porque son ricos y famosos... Esto último tiene guasa porque son ricos y famosos gracias a nuestro babeo voluntario o involuntario ante sus jetas cuando aparecen en la caja tonta. Pero a lo que iba: ¿les prestamos más atención a ellos que a nuestra propia vida o a la de la gente que nos es más cercana? ¿Por qué? ¿Porque no nos importan? ¿Porque nos importan más de lo que creemos? Permitidme una teoría psicológica barata: yo creo que les prestamos atención porque nos distraen de nosotros mismos, porque mientras les vemos actuar a ellos evitamos el momento de nuestra propia actuación. Es como ver jugar al fútbol comodamente sentados en un sillón y saltar como un conejo, braceando, gritando y jadenado ante la emoción de un gol... ¡cómo si lo hubiéramos marcado nosotros mismos! En ese gol hay un poco de nosotros, la mayoría incapaces de dar, y nunca mejor dicho, pié con bola y mucho menos de correr desde medio campo a la zona de gol sin sacar los higadillos. Estamos ante un fenómeno de usurpación de la personalidad, de dejación de nuestra propia existencia en manos de los otros. Los otros. Exacto,a ver si nos pasa como a la protagonista de la la película del oscarizado Amenabar: vivir con miedo a los muertos sin darse cuenta que el muerto es uno mismo.




