Viaja que algo queda
Sea o no sea una cursilería decirlo no es menos verdad que la vida es un viaje. Para mí lo es. Un viaje de la nada hacia la nada en el que lo que importa es el trayecto. Como todos los viajes. Cuando viajas no importa de donde vienes ni hacia donde te dirijes y ni siquiera eres tú porque no estás donde sueles estar y eso ya te modifica. O incluso eres más tú que nunca porque no estás disimulado, desdibujado o disuelto en tu entorno. Estás en medio de una realidad que no es la tuya o es más amplia que la tuya. No puedes apoyarte en el gesto cotidiano ni la cotidiana costumbre, en los lugares comunes, en las caras conocidas. Estás fente a lo diferente, a lo cambiante, a lo nuevo... todo menos estrecho, menos concreto y a la vez más inevitablememte real. Todos conocemos a gente que viaja buscando la sorpresa y lo insólito pero que a la hora de beber, comer, dormir o hablar acepta mal un cambio en sus costumbres. Ellos deberían plantearse un buen libro de fotografías para hojearlo en el sofá, con el refresco en la mesa camilla y el aire acondicionado en la pared de enfrente. Y no lo digo a modo de crítica. Viajar sin moverse del sitio es una opción tan válida como otra. Viajeros de butaca que dan la vuelta al mundo todas las veces que quieren desde la calma de su sala de estar. La mayor parte del tiempo soy una de ellos. Pero no porque me niegue a prescindir de mis costumbres sino porque mi presupuesto a final de mes se niega a dar más de sí; tema que por otro lado es harina de otro costal y habría que tratar en otro post.
Tengo una amiga que hace de sus mangas capirotes y ha conseguido, no por milagro sinó con tesón, que su presupuesto alcance a cumplir un tanto por ciento de sus sueños viajeros. Y allá va y allá viene de diferentes destinos. El último Madagascar. Sólo el nombre ya invita a dejar que la imaginación sobrevuele lo sobrevolable. Los días anteriores a su marcha, se informó sobre la isla y me contó sus planes pero lo que más grabado se me quedó era que iba a ver baobabs (véase en esta misma sección el post sobre el libro de Xavier Moret, A la sombra del baobab). Ahora ha regresado con el cuerpo felizmente cansado y la cabeza llena de imágenes que ya le pertenecen para siempre. Unas, con seguridad y por desgracia para los que no la acompañamos en este trayecto, no siempre las esenciales retornaron con ella en forma de fotografía y le pedí que me prestase algunas para ilustrar este humilde blog. 
Ahora tengo delante un pedacito, una representación minúscula de la realidad que visitó en ese tiempo e viaje. Ella, que durnate un tiempo fue otra, ha vuelto y la reconozco pero interiormente creo y deseo que no sea la misma. Ese árbol forma parte del galimatías del que hablo. Las dos lo sabemos.





laluzenmi dijo
¿te puedes creer que nunca había visto un baobab?
había leído de baobabs, de corderos que comen baobas, de planetas infestados de baobabs, pero nunca había visto un baobab, salvo los que dibujó saint-exupery para ilustrar el principito
como diría el principito: los baobabs, antes de crecer, son muy pequeñitos
30 Junio 2006 | 01:25 PM