¿Por qué la guerra?
"¿Por qué la guerra? (editorial Minúscula, Barcelona, 2001) o el día que Albert Einstein preguntó a Sigmund Freud: "¿Hay una manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra?"
He aquí un libro que es necesario leer, hoy más que nunca, cuando abundan argumentos a favor de apretar de nuevo el gatillo de la insensatez histórica. Lo componen dos textos rubricados por los apellidos más emblemáticos de la intelectualidad europea: Einstein y Freud. El físico y el psicoanalista por excelencia del siglo XX intercambian aquí sus reflexiones sobre el apocalíptico caballo de la guerra en un cruce de epístolas clarividentes. Cuando se produjo el intercambio de misivas, entre julio y septiembre de 1932, en Europa resonaban aún los ecos de su última y macabra galopada.
Así pues estos textos están ahí, dispuestos a ser leídos, desde los años treinta del pasado siglo y hoy, la editorial española Minúscula los ha traducido al castellano y los ha reunió bajo el inquisitivo título de "¿Por qué la guerra?" añadiendo a su, de por sí, indudable interés un estudio introductorio del sociólogo italiano Eligio Resta, "La enemistad, la humanidad, las guerras", en el que, además de los datos para la mejor interpretación de las cartas, el lector encontrará diversas claves filosófico-políticas sobre la evolución de los conceptos: violencia, guerra, derecho y pacifismo.
La idea parte de Albert Einstein quien, en el marco de un organismo de las Naciones Unidas, Instituto Internacional para la Cooperación Intelectual, elige a Sigmund Freud como copartícipe en un análisis que el Premio Nobel formula así: "¿Hay una manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra?". Junto al porqué de la existencia y al porqué de la muerte y, en cierta forma, directamente relacionado con ellos, tal vez sea ésta una de las más importantes preguntas sin respuesta del ser humano. Y al decir sin respuesta sé, y no trato de evitarlo, que cometo la torpeza del desvelar el final de este apasionante libro. El mismo Freud, en el inicio de su carta, reconoce: "Al principio me asusté ante la impresión de mi -- estaba a punto de decir "de nuestra"-- incompetencia, pues aquella [la cuestión] parecíame una tarea práctica que corresponde a los hombres de Estado. Pero luego comprendí que usted no planteaba la pregunta en cuanto a investigador de la naturaleza y físico sino como amigo de la humanidad." Sin embargo, voluntariosamente, Freud sí intenta abordar el problema desde la psicología ofreciendo una explicación del instinto bélico en el hombre basada en sus pulsiones autodestructivas. Si la guerra se redujese a un problema de violencia de un individuo hacia sus semejantes Sigmund Freud, en la misma línea de su interlocutor y de otros muchos hombres de ciencia, letras y política de la época, se hubiera limitado a defender lo que consideraron única salida: la existencia de un gobierno de gobiernos, una entidad supranacional que obligue a cumplir la ley por la sola fuerza de la ley. Es decir, el derecho internacional cuyas bases parecieron tan firmes tras la Primera Guerra mundial y que hoy, a la vista de los acontecimientos, resultan casi de barro. Pero eso no es suficiente, la historia ha demostrado que no lo es, debido, siempre según Freud, a las mencionadas pulsiones de agresión o destrucción, odio y muerte, antagónicas al eros que es una pulsión favorable al amor y a la vida. El predominio de las primeras sobre las segundas tiene dos efectos nocivos para la humanidad: interiorizarlas comporta un exceso de moralidad y represión, proyectarlas una explosión de crueldad y violencia. Freud solo confía en la aparición de "una comunidad de personas que hubiera sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón", una comunidad vencedera de esa aparente predisposición natural del hombre a doblegar a otros por la fuerza o mediante la cesación de la vida.
Llegados a este punto del discurso freudiano abordaremos, a mi juicio, uno de los puntos más interesantes del texto: el que hace referencia al posicionamiento del intelectual respecto a la guerra y el atropello de los derechos. Inmediatamente reconoce que la solución ofrecida a la pregunta de su amigo Einstein ni es muy útil, ni es muy eficaz para la urgencia de lo preguntado. Demasiada teoría. Pero ante la fatalidad, la inevitabilidad que representa la guerra para la humanidad, el intelectual no puede hacer otra cosa que indignarse no ya como ser humano al que la guerra envilece y denigra sino como "usuario" de una cultura moderna que, de forma orgánica y constitutiva, rechaza la violencia tanto ética como estéticamente. La guerra, sostiene, Freud es la peor enemiga de la evolución cultural y por eso resulta necesariamente insoportable a cualquier mente medianamente pensante.
Algo similar y en tiempo no lejano propugnaba otro cráneo privilegiado y otro pacifista militante, el genial matemático y filósofo Bertrand Russell, para quien la solución para los trastornos de la sociedad moderna, si es que existe, radica solo en la educación.
Somos hombres y mujeres alterados por los acontecimientos y sobreexpuestos a la manipulación informativa, a la crispación social, atacados por el malestar de la civilización y, lo que es más grave, inevitablemente sesgados por nuestra situación en el mapa de los conflictos bélicos. Creo que por todo ello éste es para todos un libro de lectura urgente e inaplazable. ("¿Por qué la guerra?, editorial Minúscula, Barcelona, 2001)





Maria dijo
como has hecho para poner el reloj ahi??
estoy creando mi espacio blog y no se hacerlo.
Gracias maria diaz
27 Julio 2006 | 08:10 PM