Nos deja José Luis Coll, un hombre bajito, inteligente que reía poco en público. Nació en Cuenca, estudió lo que todos y un poco más gracias a un maestra republicana de Cuenca, Doña María Muelas (doy el apunte porque lo sé y porque España está llena de gente decente gracias a anónimas maestras y maestros republicanos como ella). Después de trabajar en Abastos, le dió por pasear por lugares tan poco recomendables como la redacción de La Codorniz. De ahí a guionar radio y televisión con un pequeño espaldarazo de plumíferos dotados como César González de Ruano que no era republicano pero era de Cuenca y era un prosista elegante y hasta un poco crápula. Escribió muchos libros de humor y un impagable Diccionario de Coll que debe andar por las veintitantas ediciones. Participó en obras de teatro y películas pero el mundo de la farándula le recordará como el Coll de la pareja cómica Tip y Coll. Con su inseparable Luis Sánchez Polack, inteligente como él pero no de Cuenca, sinó valenciano, alto y don una guasona sonrisa desdentada, hicieron reír a una España que tenía pocos motivos para hacerlo. Con su porte de cuervos académicos nos enseñaron cómo se llena un vaso de agua en retransmisión bilingüe y eso se lo debemos, se lo deberemos toda la vida. Su disparate era más creíble que la realidad y lo dijeron todo si llegar a hablar nunca del gobierno, la mejor manera de denunciar abierta y llanamente la censura. Cuando llegó la democracia la pareja se divorció y mientras el alto asumió el papel de señor de derechas con derecho anarquizante a la provocación, a Coll se le contabilizaron muchas partidas de billar en La Bodeguilla de Moncloa. En 1986 recibió amenazas del grupo radical catalán La Crida porque en una programa de radio pidió ser entrevistado en castellano. Ya lo dijo Wilder: nadie es perfecto (aunque sea de Cuenca). Mira tú por donde, la pareja de cómicos, era un trasunto de las dos Españas y todos riendo su arte sin parar en mientes ni resentirse por ello. Pareja paradójica: dos trajes negros pero uno con chistera y el otro con bombín. Le recuerdo una de sus mil respuestas ingeniosas dada a propósito si creía haber creado escuela. "No quiero que nadie me siga. No vaya a ser que me alcancen".