Luces de Navidad. Tan numerosas como brillantes, a mi me sirven para distinguir mejor los callejones oscuros de la ciudad, los rincones de mi persona donde las cortinas no se descorren nunca, los locales en penumbra.

Hoy estoy cansada, muy cansada, y eso es malo pero es bueno. Me obliga a la lentitud, a dejar resbalar la mirada parsimomiosa sobre las cosas, a andar más despacio, a hablar lo imprescindible, a sonreir silenciosamente y a no iniciar el llanto por nada. Quién sabe si después tendría fuerzas para parar de llorar.

Elogio de la pereza, de la lentitud, de la pausa, del reposo... Elogio del peldaño roto en la escalerilla del acróbata de circo, del descansillo en la monumental, alta, altísima, escalera de mármol de la vida. Escaleras, las dos, imposibles, a lo Escher, claro, en las que todas las direcciones son una posibilidad. Remota, cadenciosa, semidetenida posibilidad.

Luces y quietismo. Una combinación que ahora mismo me parece hermosísima. Y pensar que había empezado el post con ánimo entre quejoso y lástimero, y lo acabo pensando en lo bella que es la quietud en medio de la agitación. Esa es la cosa: si todo permaneciese unos momentos en tranquila calma, si se callase el ruido.