Una amiga me envía la crítica de Masoliver Ródenas a la novela ganadora del Nadal 2009. Vaya por delante que no leí el libro. Pero, desde mi cómoda posición de exlectora provisional, celebro la crítica de Masoliver que no considero en absoluto un ataque a la escritora Maruja Torres. A estas alturas, creo que ya no se trata de estar, valga la redundancia, a altura del prestigio del premio porque ya los premios andan algo desprestigiados por culpita del marketing y otras diabólicas artimañas comerciales (criticadas sí, pero bien toleradas cuando acolchan el bolsillo de editoriales y autores). A estas alturas se trata de no vender barato el marchamo de novelista. O por lo menos es lo mínimo que pido yo, licenciada en filología tiempo ha. Y tiempo ha también, no resistí la lectura de Mientras vivíamos y, sin embargo, merendaba sin problemas bastantes de los escritos periodísticos de la Torres. Añado sin empacho que me hice fan de Maruja en mi Face (me dió buenos momentos y se lo reconozco). Discrepo del crítico, insisto, sin haber leído una línea de la novela juzgada, en los comentarios sobre la oportunidad desperdiciada por la autora de desenmascarar aspectos de la personalidad de dos de los personajes: Moix y Vázquez Montalbán. Puede que no guste lo leído pero, prego, no especulemos sobre lo que puedo haber sido y no fue; y no le digamos a la escritora lo que podía haber hecho y no hizo.
Espérame en el cielo tendrá que, vuelva a valer la redundancia, esperar a ser leído por mi, a caso infructuosamente. Pero la crítica de Masoliver me ayuda, de momento, a sobrellevar el duelo por esa obra perdida. Otros la leerán y discreparán de él, de mi, de la madre del que la editó o de la que alumbró al señor Masoliver. Sea como fuere, nada será en desdoro de la señora Torres, a estas alturas capaz de enfrentarse con todo tipo de opiniones ¿o no?

(Adjunto crítica, publicada según me informa mi amiga en La Vanguardia)
El premio Nadal ha marcado, durante muchos años, la trayectoria de la narrativa española contemporánea, desde que en 1944 lo ganó Carmen Laforet con Nada.Esta trayectoria está marcada por autores como Miguel Delibes, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Ramiro Pinilla, ÁlvaroCunqueiro, Juan José Millás o el gran
escritor argentino Juan José Saer. Con la proliferación de premios dentro de un mercado salvaje y especulativo dominado por la filosofía del best seller y con el nacimiento de un nuevo y más indiscriminado tipo de lector, parecería inevitable que los que hemos seguido de cerca la trayectoria del Nadal tengamos que aceptar que ya no hay espacio para la mitificación. Sin embargo, los últimos premiados,Eduardo Lago y Francisco Casavella, representaron una inyección de
optimismo que ahora se tambalea ante una novela más propia del Planeta que del Nadal. Pero Maruja Torres (María Dolores Torres Manzanera,Barcelona, 1943) el premio Planeta ya lo obtuvo en el 2000 con Mientras vivíamos.La pregunta que hacerse es: ¿está la escritora a la altura del prestigio del premio?
La respuesta la podríamos encontrar en la propia trayectoria de la escritora, dedicada al periodismo desde muy joven, colaboradora de Garbo,Fotogramas o Por Favor y redactora de El País.Conoce, pues, la vertiente más frívola (la misma que la llevó, por ejemplo, a escribir Oh, es él,en torno a Julio Iglesias) y la de la renombrada periodista, paródica, polémica, corrosiva, crítica con el poder y perceptiva
corresponsal de guerra. Lo paradójico es que para un tema como el de Esperadme en el cielo haya escogido la línea más frívola. En este error de planteamiento descansa, creo yo, el fracaso de la novela. Es decir, la escritora no nos ha engañado, sino que se ha engañado a sí misma. Al igual que otro escritor de talento, Fernando Savater, Maruja Torres necesita justificar el premio (mal empezamos) insistiendo en
que la literatura tiene que divertir o entretener - cosa que hicieron, con creces, profundos indagadores de la condición humana como Cervantes o Kafka, no exclusivamente divertidos-,aceptando que "no todo el mundo nace para hacer catedrales. Algunos hacemos mesas; pero se trata de que esa mesa que hagas sea la mejor".
El problema es que uno de los atributos de la mesa es que tenga cuatro patas y aquí esta mesa cojea o no las tiene. ¿Deliberadamente? En entrevista con Sònia Hernández publicada en la revista Qué Leer en marzo del 2006, anunciaba ya un proyecto bastante definido; y en la
novela consta que está redactada entre el 2004 y el 2008. No hay pues espacio para la improvisación, aunque sí para el abandono. Por otro lado, estamos hablando de una escritora de oficio y marcada - desde su nacimiento en el Raval hasta sus experiencias como corresponsal de guerra y su conocimiento del mundo árabe-por una realidad dura,
conflictiva, que invita poco al sentimentalismo y mucho a los sentimientos hondos, aquí ausentes. Y a ello debería haber contribuido también el tema: el reencuentro en el Paraíso con los míticos o mitificados Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán. Un encuentro que se debe, se nos dice al abrirse la novela, a que "te quedaste frita en plena firma de tu libro", entró en un estado de somnolencia y perdió
el conocimiento. A partir de aquí se acumulan las ocasiones perdidas:en lugar de un Paraíso dantesco nos encontramos con un espacio indefinido y despoblado, donde los únicos protagonistas son los tres amigos. El mundo de los sueños ofrece también infinitas posibilidades,apoyadas por la tradición, pero aquí sólo sirve para borrar la frontera entre realidad e irrealidad y dar espacio libre más a la
invención que a la imaginación. Pero sobre todo podría haber sido una oportunidad para dar una visión más honda y humana de los dos escritores fallecidos, muertos relativamente jóvenes y con personalidades complejas, me atrevería a decir que torturadas. Un humor que les sirvió para enmascarar lo más conflictivo de sus personalidades y que ahora Maruja Torres, amiga de ellos desde casi toda la vida, podría haber desenmascarado.
Probablemente la narradora se ha dejado arrastrar por la reivindicación de la cultura popular que hicieron ambos escritores. Eltítulo de la novela procede de una canción de Antonio Machín, y la novela está marcada por el cine de Hollywood, el mismo que admiraron Manuel Puig (uno de los escasos personajes del libro) y Cabrera Infante, y que en el Allá Abajo, en su evocado Barrio Chino, era "lo más semejante al Paraíso", y les permitía huir hacia la fantasía. Esta fantasía justifica aquí todo tipo de prodigios, como la presencia de Peter Pan justifica trasladarse de un lugar a otro (Barcelona, Madrid, Beirut, pero nunca por el Paraíso) y convertirse en niños para caer en el infantilismo. Ami entender, esta novela sólo llega a ser divertida y entretenida en la medida en que es un disparate. De pies a cabeza y sin pies ni cabeza.
!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->